La reciente afirmación del almirante Giuseppe Cavo Dragone, presidente del Comité Militar de la OTAN, marcó un punto de inflexión en la política de defensa occidental. Dragone señaló que la alianza podría contemplar acciones preventivas frente a amenazas inminentes provenientes del ámbito de la guerra híbrida atribuida a Rusia. La reacción de Moscú fue inmediata: calificó la postura como “extremadamente irresponsable” y acusó a la OTAN de buscar una escalada injustificada.
La discusión no es menor. Las palabras del almirante no constituyen una amenaza directa, pero sí un cambio doctrinario significativo. La Alianza Atlántica está reconociendo que las agresiones del siglo XXI no necesariamente aparecen en forma de invasiones o disparos, sino como sabotajes, ciberataques, interferencias en infraestructura crítica y operaciones encubiertas difíciles de atribuir. Frente a ese escenario, la doctrina estrictamente reactiva comienza a quedar obsoleta.
Un marco doctrinario que comienza a desplazarse
Durante décadas, el principio operativo de la OTAN fue claro: defender a sus países miembro solo después de un ataque. Pero en los últimos años, el aumento de operaciones híbridas atribuidas a Rusia —incluyendo ataques digitales, sabotajes y violaciones de espacio aéreo— ha presionado al bloque a replantear su estructura de disuasión.
Para varios aliados, no basta con esperar a que la agresión se materialice. La amenaza puede venir en forma de un apagón provocado, una interferencia satelital o una operación encubierta contra un país fronterizo. La propia noción de “ataque” exige una actualización. Y es en ese contexto donde aparece la idea de una acción preventiva limitada, siempre dentro de los marcos legales del derecho internacional.
La respuesta rusa y el trasfondo geopolítico
Moscú respondió rápidamente, acusando a la OTAN de promover un escenario de confrontación y de cruzar líneas históricas de contención estratégica. Desde la perspectiva rusa, reconocer la posibilidad de una acción anticipada implica un paso más hacia la militarización del conflicto este-oeste.
Sin embargo, más allá de la retórica mutua, el hecho central es que la OTAN ha puesto sobre la mesa un nuevo parámetro: ya no descarta actuar antes de que una agresión se materialice si existen señales claras de que un ataque está en preparación, especialmente en el terreno de la ciberguerra y las operaciones clandestinas.
Lo que esto significa para el ciudadano común
Aunque se trate de una discusión de alto nivel, tiene implicancias concretas para la seguridad global y regional. Cambian varios elementos fundamentales:
- La definición de agresión se vuelve más amplia. Un ataque cibernético relevante puede ser interpretado como un acto hostil equivalente a una operación militar.
- La disuasión deja de ser exclusivamente reactiva. La defensa comienza a operar en el terreno de la anticipación.
- El riesgo de errores de cálculo aumenta. En un ambiente donde ambos bloques se observan en tiempo real, cualquier interpretación equivocada puede generar tensiones.
- La frontera entre paz y conflicto es más difusa. Las operaciones híbridas operan en un espacio de ambigüedad permanente.
Un tablero estratégico que ya no es el mismo
El simple reconocimiento de que la OTAN podría considerar acciones preventivas es suficiente para alterar el equilibrio geopolítico. No significa que el bloque vaya a atacar a Rusia, pero sí que acepta que la guerra contemporánea se desarrolla en múltiples dimensiones: digital, informativa, logística y clandestina.
En este nuevo entorno, cada ciberataque, cada sabotaje y cada movimiento táctico adquiere un nuevo significado dentro del análisis de riesgos. La estabilidad deja de depender únicamente de la fuerza militar y se desplaza hacia la capacidad de anticipar comportamientos hostiles antes de que se vuelvan irreversibles.
El escenario internacional entra así en una fase donde la vigilancia, la interpretación de señales y la adaptación doctrinaria se convierten en herramientas centrales de seguridad. El debate está abierto y su evolución marcará, sin duda, la política de defensa de la próxima década.
