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La niñez habita el presente: ¿ley viva o letra muerta?

Poradmin

Dic 24, 2025

El futuro de los niños es siempre hoy. Mañana será tarde (Gabriela Mistral)

Rodrigo Valdés, sociólogo, con formación y experiencia en intervención comunitaria y prevención social, desde un enfoque de derechos y una comprensión relacional del comportamiento humano.

“Hemos saldado una deuda con la niñez”. Esa fue la frase que sintetizó el acuerdo transversal tras la aprobación de la Ley 21.430 de Garantías y Protección Integral de los Derechos de la Niñez y Adolescencia. Y era cierto. Desde que Chile ratificó la Convención sobre los Derechos del Niño en 1990 hasta la promulgación de esta ley en 2022, pasaron más de treinta años. Tres décadas en las que los derechos de niños, niñas y adolescentes existían como compromiso internacional, pero no como un marco legal integral, exigible y vinculante dentro del Estado.
La aprobación de la ley fue, efectivamente, transversal. No fue una imposición ideológica, sino el reconocimiento compartido —desde la izquierda hasta la derecha— de que el país había fallado durante demasiado tiempo en otorgar a la niñez un estatuto de derechos efectivo. Ese acuerdo político es un hito que conviene recordar, no para celebrarlo acríticamente, sino para hacernos responsables de lo que viene después.
Porque no es necesario un análisis sofisticado para aceptar una verdad básica de la experiencia chilena: la existencia de una ley no garantiza su respeto ni su uso. Chile cuenta con leyes de probidad, transparencia y anticorrupción, y aun así ha enfrentado reiterados casos de colusión empresarial, financiamiento irregular de la política y uso indebido de recursos públicos. La ley, por sí sola, no transforma la realidad. La transforma la voluntad política, la cultura institucional y el sentido común que la sostiene.
La pregunta, entonces, no es si la Ley 21.430 es buena o mala en su formulación. La pregunta más profunda —y más incómoda— es otra: ¿será una ley viva o una letra muerta?
Pensar el presente, no solo el futuro
A diciembre de 2025, tras una segunda vuelta presidencial que reordenó el escenario político, cabe preguntarse si será posible una pausa reflexiva. Cuando una sociedad discute su rumbo, suele hacerlo mirando hacia adelante: el país que viene, los riesgos que hay que evitar, las promesas que se deben cumplir. Sin embargo, hay una pregunta que rara vez se formula con la profundidad necesaria: ¿sobre quiénes estamos pensando cuando construimos el presente?
La niñez y la adolescencia suelen quedar fuera de ese centro. No por una exclusión explícita, sino por algo más complejo y transversal: se ha naturalizado una mirada tutelar, donde niños y niñas son entendidos como sujetos “en formación”, futuros ciudadanos, pero no como personas que ya habitan la vida social, con derechos, voz y necesidades actuales. Esta naturalización es tan profunda que ni quienes elaboran los programas políticos ni quienes los votan parecen interrogarla. La niñez aparece escasamente como eje autónomo de política pública. Suele quedar subordinada a nociones generales de familia, seguridad, orden o moral, pero rara vez se la aborda como sujeto de derechos en el aquí y ahora. Esta ausencia no genera mayor controversia. Y ese silencio compartido es, quizás, el dato más revelador.
Evidencia científica: la seguridad no nace del control
Desde la evidencia científica, esta omisión no es trivial. El psicólogo chileno Felipe Lecannelier, apoyado en décadas de investigación en teoría del apego y desarrollo socioemocional, ha mostrado de forma consistente que la base de la seguridad infantil no es el control externo ni el castigo, sino la predictibilidad del entorno. Un niño se siente seguro cuando el mundo responde de manera coherente y consistente, cuando los adultos y las instituciones son comprensibles, cuando las reglas no cambian arbitrariamente y cuando el cuidado se construye desde el vínculo, no desde el miedo. La seguridad, en este sentido, no es amenaza ni sanción: es coherencia relacional.
UNICEF refuerza esta idea desde el plano de las políticas públicas. Sus informes muestran que una parte significativa de niños, niñas y adolescentes en Chile vive hoy en pobreza multidimensional, con privaciones simultáneas en educación, salud, vivienda y protección. No se trata solo de carencias materiales, sino de entornos inestables, donde la incertidumbre se vuelve experiencia cotidiana. Según el análisis de carencias en base al modelo de pobreza infantil propuesto globalmente por UNICEF (2025c), el cual plantea una perspectiva de análisis integral de privaciones en las dimensiones de nutrición, educación, información, salud, agua, saneamiento, habitabilidad y juego, estima que el 27,8% de los niños, niñas y adolescentes enfrentan dos o más privaciones simultáneamente. Para estos niños, el debate político no es abstracto: se traduce directamente en la calidad —o fragilidad— de su presente.
Escuchar o silenciar
Desde la pedagogía crítica, Paulo Freire advirtió que una sociedad que no escucha a sus sujetos más vulnerables termina reproduciendo relaciones de dominación incluso sin proponérselo. La pedagogía de la esperanza no es optimismo ingenuo; es la responsabilidad ética de crear condiciones para que todos —también los niños— puedan nombrar el mundo y participar en su transformación. Cuando la infancia queda fuera de la conversación pública, no solo se la protege menos: se la silencia.
Esta exclusión suele justificarse desde el sentido común: “los niños no saben”, “los adultos deciden por ellos”, “ya habrá tiempo”. Lo llamativo es que estas afirmaciones rara vez se cuestionan, ni desde quienes gobiernan ni desde quienes eligen. La tutela se vuelve norma. Y cuando la tutela se normaliza, la ausencia deja de ser problema.


Cultura, convivencia y humanidad
La cultura ofrece, a veces, una lucidez que la política pierde. El actor y Premio Nacional de Artes Héctor Noguera, reconocido transversalmente por todo el espectro político y cultural, lo expresó con una frase tan simple como profunda: “Aprendemos a bailar antes que a hablar”. Con ello recordaba que el desarrollo humano no comienza en la norma ni en el discurso racional, sino en la experiencia corporal, simbólica y cultural compartida. El juego, el arte, el lenguaje y el encuentro no son adornos del desarrollo: son su cimiento.
Esta idea dialoga con la reflexión de Gabriela Mistral, quien lo dijo con claridad ética hace casi un siglo: “El futuro de los niños es siempre hoy. Mañana será tarde.”


Programas, votaciones y patrones
En este contexto, el análisis del programa de gobierno de José Antonio Kast muestra que las referencias a niños, niñas y adolescentes son escasas, fragmentadas y mayoritariamente tutelares, subordinadas a ejes como familia, orden y seguridad. En términos simples: la niñez no aparece como prioridad estructural. Y en política pública, lo que no se nombra, no se prioriza.
Este vacío programático dialoga con un patrón parlamentario observable en sectores políticos afines a Kast y al Partido Republicano. Sin emitir juicios morales, los hechos legislativos son claros: han sido reticentes a medidas de protección infantil, votando en contra de iniciativas como la prohibición del matrimonio adolescente y apoyando reformas punitivas a la Ley de Responsabilidad Penal Adolescente.
Estos antecedentes no prueban intenciones, pero sí muestran una coherencia política: la niñez aparece más como objeto de regulación y control que como sujeto pleno de derechos.


Una pregunta inevitable
El biólogo chileno Humberto Maturana sostuvo que las sociedades no se sostienen por la imposición, sino por la forma en que convivimos. La ética no nace de la norma, sino del reconocimiento del otro como legítimo otro en la convivencia. La infancia es el primer espacio donde esa convivencia se aprende. Si normalizamos la exclusión simbólica de niños y niñas del debate público, eso es lo que estamos enseñando como forma válida de organización social.
Aquí, la pregunta no es si un proyecto político será distinto a lo que su historia sugiere. Podría serlo. No lo sabemos. También podría reproducir patrones ya conocidos de tutela, orden y control. Tampoco lo sabemos. Lo que sí sabemos es que la niñez no puede esperar a que lo sepamos.
Porque los niños no habitan un futuro hipotético: habitan el presente. Y su seguridad no se construye con promesas, sino con entornos estables, predecibles y coherentes con los derechos que la ley reconoce y que la sociedad dice compartir.
La Ley 21.430 fue un hito político y ético. Su verdadero impacto dependerá de si las decisiones cotidianas, las prioridades públicas y el debate ciudadano la hacen prosperar como ley viva, o si se queda en el papel.
La niñez habita el presente. Y nuestra responsabilidad es vivir ese presente con ellos, no a pesar de ellos.

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