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On City-Philosophy and Security Issues / En temas filosóficos de seguridad pública

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Dic 24, 2025
Fernando Viveros Collyer es filósofo, poeta, sociólogo y activista ambiental chileno. Nacido en la comuna de Recoleta, Santiago, actualmente —en 2025— reside en El Quisco, desde donde continúa activo en la escena cultural y académica nacional.

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¿Una filosofía del “estado-de-cosas” hoy llamado, por ejemplo, “crisis de seguridad pública”, y en las sociedades del siglo XXI?

Las filosofías NO tienen objeto-definido. Ellas, cuando buenas, los constituyen mientras los piensan. Porque pensar siempre resulta a medias un crear. Aristóteles lo supo racionalmente, afirmando su manera de la diferencia entre physis / Naturaleza y nomos / Cultura –lo único que en la Naturaleza puede lo libre. “Libertad” que dice crear lo nuevo, la alternativa insólita, no este “hacer lo que quiera” postmoderno (cuando, usualmente, NO se sabe eso mismo)…

Un “descubrimiento-genial” de un Grande de la filosofía europea de comienzos del s. XX se nombró: “fenomenología”. Algo tan simple (pero tan difícil), como recordar que pensamos la vida, no los libros…

Sucede que lo que sucede normalmente a todo ser humano –reemplazar su imaginación y lenguajes por las cosas que experimenta cada día–, sucede multiplicado a cualquier filósofo y, aún más sorprendente (pero tal vez no tanto), sucede a los Grandes de la tradición –iniciada oficialmente por Sócrates-Platón.


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Vamos. Esta fenomenología –este atender a la “cosa-misma”– comienza simplemente leyendo un periódico local (aunque la localidad resulte, nada menos, que la ciudad mundial de Nueva York, EE. UU.).

Leemos: “Thieves nab 20 phones at one NYC concert — as expert warns music fans are targets of global network”.
Lo que dice: “Ladrones roban 20 teléfonos celulares en un concierto musical de la ciudad de Nueva York –un experto alerta a los asistentes a estos conciertos que existe una red global que los tiene como meta de sus delitos”.

O sea, el fenómeno tiene dos momentos:
i) Un robo masivo de celulares en un solo concierto de música juvenil en tal ciudad, y
ii) Una organización mundial dispuesta para transar esa mercancía en los mercados mundiales informales.

Hace algunos años, en Nueva York no era “normal” estos robos masivos. Los asistentes a estos conciertos usaban y disponían “cándidamente” –digamos ahora– de sus aparatos. De pronto, los hechos revelan una novedad desconcertante para la normalidad…

No solamente descubren una intencionalidad ordenada para un robo eficiente, sino que ello se apoya en una empresa mundial de transacciones “informales”.


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El fenómeno incluye, pues, países y naciones al otro lado de la Tierra. Nada ya de salteadores silvestres a-por unos pocos pesos/dólares, sino una organización globalizada que conecta al “ladrón-individual” de tal y cual evento musical, con consumidores de aparatos electrónicos en China, India o Chile…

Max Weber escribió “La ética protestante y el espíritu del capitalismo” como meollo de su sociología de la religión. Tal vez también advirtió que, en la expansión de esa ética-espíritu fuera de lo “religioso” (o “valórico”, como se usa decir hoy), todo lo que sucedía ya con el lado “bueno” de esta ascética calculada, un día se transformaría en su “opuesto”, simplemente cuando los límites presupuestos como “religiosidad” fueran secularizados (borrando lo “sagrado”).


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Por “inseguridad” podemos entender “no-sentir-normalidad” como honestidad. O puede llegar a decir: “no-saber-ya-nunca-más-la-diferencia-entre-BUENO-Y-MALO”.

Esto es, que todos los “beneficios” de las conductas racionales modernas devinieran también los beneficios financieros de quien profita de cualquier manera –y de todas las maneras oportunistas posibles–.

La imposibilidad ya de comprender “de-qué-se-trata” cuando una mercancía resulta legal o ilegal, de juzgar claramente la justicia o injusticia de tal o cual acción que nos ocurre, parece expresar una inseguridad muy cercana a la angustia cuando crónica.

Entonces Heidegger escribió decenas de páginas admirables –en “Ser y tiempo”, por ejemplo– de la experiencia positiva de la angustia de los individuos humanos modernos. Esa angustia abre nuevos mundos. Podríamos vivirla como experiencia extrema de la libertad de lo nuevo; de expulsión del pasado y las tradiciones que guardan lo “bueno de lo malo”.

Pero esa experiencia parece posible a ciertas elites del carácter o de la cultura. El ciudadano corriente no puede, no quiere, no sabe o quizás qué, vivir esa inseguridad.


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Los asistentes a los nuevos conciertos musicales masivos en la ciudad de Nueva York comienzan a dejar sus celulares en casa –lo que impide la delicia de tantas interacciones entre amigos en el mismo concierto–. Estamos en la etapa práctica y limitada. Se sabe, por otro lado, que “cada día son menos los detenidos por esos hurtos”.

Esta especie de impunidad cultural allana el camino hacia esa inseguridad más vital. Habría que regresar a los “valores-comunitarios” y dejar tanta “relación-socialmente-utilitaria”. Cuidarse entre-amigos y ya no tanto en una fuerza policial racionalmente dispuesta para un hecho general: el crimen organizado…

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