Mientras las potencias hablan de “operaciones quirúrgicas”, dos mujeres —una abuela venezolana y una trabajadora colombiana— murieron en silencio bajo los misiles.
La madrugada del 3 de enero de 2026 quedó marcada a fuego en la memoria de Venezuela. En medio de una ofensiva militar de gran escala ejecutada por Estados Unidos, múltiples objetivos estratégicos fueron atacados en Caracas, Miranda y el litoral central. Las explosiones sacudieron bases militares, sistemas de comunicación y zonas sensibles. Pero también alcanzaron hogares, barrios y vidas civiles que no formaban parte de ningún frente de guerra.
Hasta ahora, los medios venezolanos han logrado confirmar al menos dos muertes de civiles. Dos mujeres. Dos historias. Dos rostros que desmienten la idea de una operación sin costos humanos.
Rosa Helena González: morir en casa, a los casi 80 años
Rosa Helena González estaba a semanas de cumplir 80 años. Había pasado más de la mitad de su vida en el bloque 12 de la urbanización Rómulo Gallegos, en Catia La Mar, una de las zonas más pobladas del litoral central.
Esa madrugada, los vecinos despertaron con el estruendo de las detonaciones. El edificio se estremecía. Desde los departamentos se escuchaban gritos, puertas golpeando, pasos apresurados. La mayoría decidió evacuar al percibir que las explosiones provenían de sectores militares cercanos.
Rosa Helena no salió a tiempo.
“Estaba golpeada, pero consciente. Nos pidió que la ayudáramos a salir, decía que iba a mejorar”, relató uno de sus vecinos, quien también perdió su vivienda por la explosión.
Cuando finalmente lograron sacarla del edificio, fue trasladada de urgencia al hospital Dr. Alfredo Machado, ubicado a pocos minutos del lugar. No resistió. Murió poco después.
El acta de defunción consignó como causa de muerte un infarto al miocardio. Para su familia y sus vecinos, no hay dudas: el estrés, el impacto y el terror del bombardeo precipitaron el final.
Quienes la conocieron la recuerdan como una mujer trabajadora, solidaria y profundamente ligada a su comunidad. Murió en su casa. En su barrio. En medio de una guerra que no era la suya.
Yohanna Rodríguez Sierra: el segundo misil
La segunda víctima civil confirmada es Yohanna Rodríguez Sierra, de 45 años, de nacionalidad colombiana. Vivía y trabajaba en el sector El Volcán, en el estado Miranda, una zona donde conviven pequeñas viviendas con antenas de transmisión utilizadas tanto por el sector civil como militar.
Yohanna vivía con su hija, Ana Corina Morales, de 22 años.
Cuando comenzaron las explosiones, la hija le pidió que no saliera. Pero Yohanna insistió. Quería saber qué estaba ocurriendo. Quería mirar. Quería registrar lo que pasaba.
Fue una decisión fatal.
Yohanna llegó al sector de las antenas justo cuando cayó el segundo misil. Fragmentos y objetos impulsados por la explosión la impactaron en el pecho. Murió en el lugar.
Su hija resultó con heridas leves. Fue trasladada al Hospital Dr. Domingo Luciani, atendida y dada de alta horas después. Volvió viva. Su madre no.
Daños, silencio y cifras incompletas
A varios días del ataque, las autoridades venezolanas no han presentado un balance oficial consolidado sobre víctimas civiles ni daños materiales. El fiscal general anunció la apertura de investigaciones, pero sin detallar cifras ni responsabilidades específicas.
Los reportes de prensa indican que varias viviendas resultaron dañadas tanto en Caracas como en La Guaira, y que un misil cayó incluso en el jardín de una casa particular, salvándose sus ocupantes de manera fortuita.
En paralelo, se confirmó la destrucción de instalaciones militares, antenas de comunicación y sistemas de defensa. Pero el impacto sobre la población civil permanece subregistrado, fragmentado entre testimonios, hospitales locales y vecinos que aún remueven escombros.
Cuando la guerra entra al living
Las muertes de Rosa Helena González y Yohanna Rodríguez Sierra no aparecen en los comunicados estratégicos. No figuran en los mapas de objetivos. No estaban en la planificación militar.
Son, sin embargo, la prueba concreta de que la guerra nunca es limpia, de que los misiles no distinguen edades, nacionalidades ni rutinas cotidianas. De que detrás de cada “operación exitosa” hay historias que no llegan a las conferencias de prensa.
Una abuela que no alcanzó a evacuar su edificio.
Una madre que salió a mirar qué pasaba.
Dos mujeres. Dos muertes civiles.
Y un recordatorio brutal: cuando se bombardea un país, siempre hay inocentes bajo los escombros.
